Una viñeta viral con el nombre de otra persona en la esquina
Tras las muertes de Dolly Parton y Tim Curry a finales de agosto, una viñeta de un solo recuadro que mostraba a ambos ante las puertas del cielo se difundió por Twitter, Facebook, Instagram y Bluesky. Una sola publicación alcanzó 25.000 “me gusta”. En la esquina inferior derecha figuraba el seudónimo BLOPER: la firma de Brendan Loper, dibujante de The New Yorker.
Loper ni la dibujó ni la firmó. La imagen fue generada por ChatGPT y publicada primero en Facebook por una seguidora de Dolly Parton que escribió en sus propios comentarios que había pedido al chatbot una viñeta al estilo de The New Yorker. Loper contó a Nieman Lab, que publicó el caso el 5 de octubre, que su hermano gemelo le escribió primero y que después desconocidos le enviaron correos y mensajes preguntando si era suya. Ya le habían avisado de un caso parecido en mayo.

Más de quince dibujantes y un logotipo que nadie licenció
Andrew Deck, de Nieman Lab, documentó más de 15 dibujantes de The New Yorker cuyas firmas el generador de imágenes había añadido a obras que nunca hicieron. Entre los que encontró en foros o produjo en sus propias pruebas están Harry Bliss, Emily Flake, Joe Dator, Pat Byrnes, Peter Vey, Jason Adam Katzenstein, Liza Donnelly, Ellis Rosen, George Booth, Saul Steinberg y Warren Miller: los dos últimos fallecidos hace tiempo, y Miller colaborador ya en los años sesenta.
No todas las viñetas generadas llevaban firma y algunas llevaban nombres inventados. Pero los nombres reales se repetían, y algunos resultados incluían además el logotipo de The New Yorker.
Condé Nast, propietaria de la revista, firmó en 2024 un acuerdo plurianual de licencia de contenidos con OpenAI. Sus términos no son públicos. Un portavoz de The New Yorker dijo a Nieman Lab que Condé Nast nunca ha dado permiso a ningún desarrollador de modelos de lenguaje para entrenar con sus viñetas, y que reproducir el logotipo de la revista tampoco está permitido en ninguno de sus acuerdos de IA. Los dibujantes de la revista envían su trabajo a riesgo, cobran solo si se selecciona un dibujo y conservan sus derechos de autor; el contrato estándar no es una obra por encargo y no cubre el entrenamiento de IA.

OpenAI lo llama un fallo
Un portavoz de OpenAI dijo a Nieman Lab que la empresa se centra en herramientas que potencien a los creadores humanos y agradeció a la comunidad que señale lo que calificó de fallos y comportamientos no intencionados de sus modelos. OpenAI se negó a explicar cómo entraron las firmas en sus datos de entrenamiento.
Después de que Deck avisara a la empresa, ChatGPT empezó a devolver en algunas peticiones de estilo New Yorker un aviso sobre similitud con contenido de terceros. En el momento de la publicación seguía firmando algunas viñetas generadas con nombres reales.
Los dibujantes con los que habló Deck distinguieron entre estilo y firma. Flake describió las imágenes como portadoras del ADN de su obra sin parecerse a nada que ella hubiera dibujado, y comparó el efecto con que le atribuyan una frase que nunca dijo. Loper lo resumió así: su nombre es su nombre.
El derecho de autor estadounidense no ha resuelto nada de esto. Una demanda por el estilo sería difícil; una por la firma se acerca más a la falsa atribución o la suplantación, que es otro cuerpo legal y apenas se ha probado contra generadores de imágenes. Lo que sí está establecido es el contexto de mercado: en julio un tribunal federal aprobó un acuerdo de 1.500 millones de dólares entre Anthropic y autores cuyos libros pirateados se usaron en el entrenamiento, el mayor de la historia del derecho de autor en Estados Unidos. Katzenstein, uno de los dibujantes cuya firma reprodujo ChatGPT, formaba parte de ese caso.